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Historia de un marine en Kosovo

© Francisco Arsis/Mark66 (2004)

Tommy Broderick era uno de los marines americanos destinados en Kosovo. La guerra era cruda, salvaje, mortal. Desde el inicio de la contienda, Tommy llevaba allí una existencia a caballo entre el desorden y una actitud algo despiadada. Sin ningún tipo de prejuicios, frío y calculador, aniquilar al enemigo era su única obsesión.

Era un muchacho moreno, de constitución fuerte, con apenas 22 años. Marine diestramente preparado, con todas las virtudes que un soldado debía tener, había sido además el primero de su promoción. Alguien en quien, sin duda, el gobierno de los Estados Unidos podría confiar plenamente. Su vida cambiaría por completo cuando, en uno de esos amaneceres lluviosos, Tommy Broderick fue enviado junto a dos marines casi recién llegados, a patrullar en una de las incursiones en territorio enemigo. Sorprendidos de forma inesperada, una ametralladora acabó con las vidas de sus compañeros, logrando Tommy escapar milagrosamente.

Sin embargo, pierde todo su equipaje de supervivencia, además de sus armas. Tras caminar sin rumbo fijo durante dos penosos e interminables días, Tommy logra descubrir un grupo de viviendas semiderruidas, destrozadas por los bombardeos americanos. Tras encontrar refugio en una de las cocinas de las casas en mejor estado, intenta reponerse. Pero tiene hambre, sed, y algunos de sus instintos más innobles están activos. Por otro lado, siente impotencia, rabia, desesperación...

De repente, una joven aparece en la casa, buscando comida, al menos un pedazo de pan para ella y su familia. La muchacha vive en una de las cuevas, en la colina, más allá del pueblo, destruido apenas una semana antes. A sus veinte años, la vida ya ha sido muy dura con ella. Pero es muy bonita, y aunque castigada por la guerra, aún en sus ojos brilla un poco de alegría y deseo de vivir. Su padre y hermano viven allí con ella, pero están heridos, y es la única capaz de hacer algo por sobrevivir y salvaguardar a su familia.

Al llegar a la cocina, sus ojos se encuentran con los de Tommy. Asustada, la muchacha no sabe como reaccionar. Nota la angustia en la mirada del soldado, su desesperación, y a pesar de saber que su misión es coger aquel mísero trozo de pan, casi duro ya, y llevárselo para alimentar a su padre y hermano, tímidamente se acerca al muchacho y le tiende el alimento. Con gesto evidente, moviendo su cabeza, le invita a coger el mísero mendrugo. La chica sabe que no podría entenderle, en caso de hablarle, y por otro lado tampoco conoce el idioma ingles.

Tommy no desvía la mirada de la muchacha kosovar ni un instante. Bruscamente coge el brazo de la chica, quien asustada suelta un pequeño grito, y, sin dejar de observarla, desciende su mano hasta la suya, alcanzando el pedazo de pan.
Come con avidez, sin descanso, mientras reina el silencio en la estancia, y ambos no dejan de mirarse. Ella, aunque sobrecogida, comprende que el soldado necesita ayuda, y tal vez, piensa, lo mejor sea llevarle a la cueva con su familia. Pero, casi de forma súbita, el muchacho se levanta, se acerca a ella, la abraza y la besa apasionadamente. Al principio la joven, sorprendida, no alcanza a reaccionar, pero instantes después, tras desasirse del muchacho, da varios pasos atrás alarmada. Tommy está fuera de sí, sus instintos más primarios hacen mella en él, y sin poder evitarlo se abalanza sobre ella furiosamente.

La muchacha kosovar intenta oponerse, utiliza todas sus fuerzas, pero resulta imposible. Mientras bombardeos y ametralladoras suenan sin descanso, Tommy consuma el abuso, violando a la muchacha.

Al terminar, la joven muestra a Tommy una mirada mezcla de terror y angustia, al tiempo que un sinfín de lágrimas recorren sus mejillas. Él no puede seguir viendo aquella mirada, aquellos ojos llenos de lágrimas, y huye, huye, abandonándola a su destino.

Rodeado de bombas, disparos y trampas en la noche, Tommy logra regresar a su campamento. Allí sigue mostrando al principio su actitud prepotente, chulesca, dominando a sus compañeros, y mostrando continuamente su “yo” más brutal.

Pero, al avanzar de forma paulatina hacia la capital, Prístina, y la conquista final, el pelotón se detiene justo donde se halla el grupo de casas donde Tommy abusara de la muchacha. La imagen de la joven, con aquellos ojos ingenuos y alegres que el comprende ha agraviado con dureza, se hace cada vez más persistente en su conciencia. Y, conforme avanza hacia la capital, el recuerdo de la muchacha se convierte en obsesión, y el remordimiento ante su conducta hace que su vida comience a experimentar un cambio radical. Siente que tiene que verla, poder tener la oportunidad de pedirle perdón, de redimirse ante sus ojos, aquellos que ya nunca podrá olvidar jamás. Su desesperación llega hasta tal punto que, incluso, piensa en desertar...

Tommy logra un permiso finalmente, y sin dilación alguna, parte en dirección a aquel lugar donde conociera a la chica de los ojos candorosos. Al llegar a la casa derruida, la misma en que buscara refugio, se cruza con un hombre de edad algo avanzada, que labra la tierra. Pregunta por la muchacha. La describe tan bien que sabe que si el lugareño la conoce, podrá decirle donde se encuentra.
-¡Esa muchacha es mi hija! ¡Se marchó sin decir nada! Ella... jamás habría huido de no sucederle algo grave.
Tommy sacude los hombros al anciano, con ojos llorosos.
-¿No tiene usted una foto suya? ¡Le prometo que la encontraré, se lo aseguro!
-Tengo solo esta foto amarillenta, sucia –dice el padre de la muchacha, sacándola de su cartera-. La guerra destruyó toda nuestra casa, y esto es lo que me queda de mi pobre hija...
Tommy recoge la foto y la besa, sobrecogido, pidiendo perdón como si fuera la muchacha en carne y hueso.
-¿Cómo se llama? ¡Dígame como se llama, por favor!
-¡Zaina, se llama Zaina! –contesta el padre, sorprendido por la actitud del chico.
-La encontraré, aunque sea lo último que haga en esta vida.
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Tras dejar al anciano, Tommy parte en su busca, y su tesón aumenta, así como en la misma medida resulta su fracaso. Y aquellos remordimientos que sintiera con su actitud, acaban por dar paso a algo mucho más fuerte, inmaculado: el amor.

La guerra termina, Kosovo es liberado, y Tommy ha regresado hace tiempo de su permiso. Pero sus investigaciones no han cesado. Al contrario, se han intensificado de tal forma, que sabe dará con su paradero. Sin embargo, un imprevisto puede dar al traste con todo. Es el momento de que todos los soldados regresen a su país. Tommy se niega, rotundo. Consigue documentación falsa. Tiene dinero, pues ha logrado reunir una cantidad más que aceptable, y está dispuesto a todo... Su única salida, reconoce, es la deserción. Cualquier cosa con tal de encontrar a Zaina.

Pasa un año, dos, tres... y su dinero se agota. Tommy es un desertor, una vergüenza para su país. No podrá nunca volver, es un perseguido. Sin embargo, su único interés sigue siendo el mismo, invariable: “Encontrar a Zaina”. Poco importa que pueda ocurrirle a el. Aún conserva la foto ajada de Zaina, y con ella seguro la encontrará. Un kosovar que vive en Albania, cree reconocerla:
-¡Es ella, conozco a esa muchacha! Vino hace unos días a mi tienda en busca de material para su escuela. Es maestra en uno de los colegios rehabilitados. Muchas familias viven allí y ahora llevan sus hijos a los colegios albaneses.
Tommy no puede creer que por fin la verá de nuevo. Sin duda, se trata de Zaina.

Acude a su encuentro, le suplica, le pide perdón, pero Zaina siente total indiferencia, con su mirada ahora fría y dura.
-¡Todo lo que tenía usted que decirme ya me lo supo transmitir aquel día! ¡Usted está muerto para mí!- contesta únicamente la muchacha.
Tommy, incapaz de seguir hablando, desconsolado, cansado, cae arrodillado a los pies de Zaina, llorando con desesperación. Y entonces, le cuenta todo lo que había sufrido y hecho para encontrarla, hasta el punto de desertar y deshonrar a su país. Pero ella no le escucha, no lo desea. Una barrera infranqueable les separa, y no hay solución posible.
Y no es sino en aquel instante cuando Tommy repara en algo que había sido incapaz de ver. Un niño se sujeta con sus manitas a las faldas de Zaina. Debe tener poco más de dos años...
-Ese... ese hijo es mío, ¿verdad? Es nuestro hijo, ¿no es así, Zaina?
La muchacha, por unos instantes, parece vacilar, pero cuando Tommy quiere hablar de nuevo...
-Váyase, por favor, no puedo atenderle –le responde, con acritud-. Déjenos, hágase también ese favor a usted mismo.
Y dando unos pasos atrás, desasiéndose de él, Zaina y su hijo desaparecen dentro de la escuela.

Dos policías aparecen cuando aún Tommy continúa replegado en las escaleras, como un triste vagabundo. Van acompañados de dos agentes del FBI, que reconocen inmediatamente al buscado desertor de Kosovo. La cárcel le espera. Pero una vez allí, en “San Francisco”, Tommy decide relatar su historia. Escribe a una revista de reconocido prestigio mundial, y logra se la publiquen. Uno de los miles y miles de lectores del magazine es nada menos que Zaina. Ella responde, le perdona. Con su hijo, le esperan a la salida de la cárcel, tras conseguir un visado para ella y su retoño. Está dispuesta a intentarlo, a iniciar una vida juntos.

El amor triunfa al fin, porque el arrepentimiento, la constancia, la fe y el pundonor de Tommy fueron capaces de cambiar su espíritu hacia una vida más justa y feliz.


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