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El desierto sí florece

Por: Laura Aguilar Ramírez.

Comparto ésta parábola que encontré en internet, con una intención:
Reflexionar sobre las guerras en medio oriente.
La gente se mata por un pedazo de tierra ..... teniendo tanta a su alcance.
En el Génesis se nos relata cómo Dios creó la tierra y cómo no había hecho llover sobre ella, no había arbustos y tampoco había hombre que la cultivara e hiciera subir el agua para regar toda la superficie. O sea que era un desierto.

Dios creó las plantas y la lluvia, pero el hombre era el encargado de hacer subir el agua a la superficie y regarla , o sea con su trabajo mantener el edén.
Cuando la Caída, Dios dejó en el hombre la responsabilidad de hacer florecer la tierra con su trabajo, de ganarse el pan con el sudor de su frente. Antes le dió un edén, un jardin florecido con ríos, con animales. Ahora debía ser él quien lo hiciera.
Dice claramente que el hombre cultivaba la tierra y hacia subir el agua. Para éso fué creado, para cuidar la creación de Dios.

Entonces, si existen oasis en el desierto, si otros han hecho florecer el desierto con su trabajo, ¿porqué pelear entre hermanos por la tierra? si tienen tanto por hacer y tanto desierto que hacer florecer.
Me imagino que los siglos que tienen peleando por ésas tierras han sido siglos desperdiciados y peor aún: dedicados a matarse unos a otros, pudiendo haberlos dedicado a trabajar, a hacer subir el agua a la superficie para regarla, tal y como Dios nos dice en la Biblia y los textos sagrados árabes también.
Ahora tendrían un gran ex-desierto, un gran jardín en lugar de un charco de sangre.
«El Adán» en el jardín de Edén
Gen. 4b El día en que Yavé Dios hizo la tierra y los cielos, 5 no había sobre la tierra arbusto alguno, ni había brotado aún ninguna planta silvestre, pues Yavé Dios no había hecho llover todavía sobre la tierra, y tampoco había hombre que cultivara el suelo 6 e hiciera subir el agua para regar toda la superficie del suelo
El jardinero que hizo florecer el desierto

Hubo una vez un hombre que supo hacer crecer flores en el desierto. Trajo sobre sus espaldas sacos de tierra fértil desde un valle lejano donde crecía todo tipo de vegetación. Con cada saco de tierra a cuestas subía una montaña y la bajaba, un viaje de cuatro días. El saco de tierra quedaba empapado de su sudor y las piernas le temblaban cuando por fin llegaba al lugar que había elegido en el desierto. Luego vaciaba su saco en el suelo, sobre las piedras duras y la tierra arenosa y estéril donde a duras penas crecían unos matorrales espinosos y matas de hierba dura. Un montoncito de tierra en medio de la enormidad del desierto. Y así un viaje tras otro hasta que decidió que ya había bastante. Luego plantó sus plantas y las empezó a regar. Todos los días iba y venía, a pie, tres horas de ida y otras tantas de vuelta, a un riachuelo desde donde cogía un cubo de agua en cada mano y hacía el terrible y escabroso viaje de vuelta. Y así empezaron a crecer flores en el desierto.

A eso dedicó su vida.

La gente vino desde lejos para admirar esas asombrosas flores que crecían en el desierto. De vez en cuando, cuando alguien mostraba especial interés, él les invitaba: «Únete a mí. Tú también puedes hacer que haya flores en el desierto.» Y así, poco a poco fue reuniendo un pequeño grupo de seguidores que empezaron a hacer lo mismo que él. Unos traían tierra; la mayoría, agua para regar. Unos pocos iban lejos, muy lejos, para conseguir semillas de plantas exóticas de un colorido esplendoroso.

Pero los habitantes del desierto se ofendieron. Ese jardín en el desierto hacía que sus propia existencia pareciera descolorida, dura e insignificante. Se escandalizaron. Opinaron que no era práctico hacer florecer el desierto, que aquello era contrario a la naturaleza, requería esfuerzos desmesurados, distraía de otras ocupaciones más importantes y necesarias. De manera que una oscura noche cayeron sobre él con lanzas y piedras, lo mataron, prendieron fuego a su jardín, y enterraron su cadáver bajo las cenizas. Luego volvieron a sus casas, contentos de que habían acabado con aquella aberración.

Sin embargo, al cabo de un tiempo, los seguidores de aquel hombre empezaron a traer agua otra vez. Y el jardín volvió a florecer. Años más tarde, arrepentidos del mal que habían hecho, la mayoría de los pobladores del desierto se había sumado al proyecto. No es que fueran a por agua todos los días. Eso no habría sido práctico. Había otras cosas importantes que hacer. Pero de vez en cuando, quizá una vez al mes, o una vez al año, o en ocasiones especiales como para celebrar el nacimiento de un hijo, hacían un viaje con un cubo de agua, y se daban por satisfechos de estar continuando dignamente la labor del jardinero del desierto.

Por fin decidieron levantar un monumento al jardinero que ellos habían matado. Ahora empezaron a ir incluso más lejos que antes con sacos, pero no para traer tierra sino para traer cemento. Y seguían yendo por agua, pero no para regar las flores sino para mezclar con el cemento y la arena y las piedras del lugar. Y al cabo de los años, donde había estado el jardín, se pudo contemplar una enorme escultura, visible a kilómetros de distancia: La figura de un jardinero de hormigón que regaba con un chorro de hormigón, desde un cubo de hormigón, unas enormes y grises flores de hormigón.

Durante muchas generaciones, en aquel paraje inhóspito, los habitantes del desierto se llamaron a sí mismos jardineros, en honor al que había muerto por hacer crecer flores en el desierto. Y si alguien les preguntaba acerca del jardinero se les nublaban los ojos de emoción y decían :«¡Ah!Fue un gran hombre. Nunca hubo nadie como él, capaz de hacer que el desierto floreciese. ¡Qué muerte injusta, la suya!» Pero si alguien les preguntaba: «¿Y por qué no cultiváis flores en el desierto vosotros?», se ofendían y se mostraban horrorizados :«Pero ¿qué dices? En aquellos tiempos era posible hacer crecer flores en el desierto. Pero hoy no es práctico ni necesario. Lo importante es mantener vivo el recuerdo de que un día el desierto floreció.»

parábola: Dionisio Byler, Boletín CEMB Nº 72, noviembre 2001

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